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 SEGUNDA ERA Batalla especial de los seis nigromantes (El ermitaño)

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Goodkat


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MensajeTema: SEGUNDA ERA Batalla especial de los seis nigromantes (El ermitaño)   Mar Abr 29, 2014 6:56 am

Batalla especial de los seis nigromantes (El ermitaño)

Las puertas del castillo de Barnabás, el cual había construido el mismo piedra a piedra yacían cerradas y Nathaniel se había pasado todo un año intentando averiguar como esa gran estructura de madera de ataúd que era el portón, no se movía ni un ápice comenzó a estudiar los jeroglíficos.
Todo el frío invierno que asoló las Otras Tierras lo pasó sentado frente a esa gran puerta de doble hoja que lo miraba, invitándolo a pasar.
Recubierta de inscripciones y de viejas tallas, la puerta le contaba cada día una historia. Una noche por fin las hogueras se apagaron y el vampiro escudriñaba la tumba del gran Barnabás, aquel castillo, como el resto de noches. Entonces las puertas comenzaron a susurrarle al oído. Y esta vez las tallas se movieron de lugar relatando a través de imágenes y palabras impías hazañas del pasado y secretos del futuro.
Una semana después Nathaniel regresó a su castillo en aquel desfiladero.
Sabía mucho más que antes, la oscuridad se había tornado luz en sus conocimientos y ahora necesitaba a los seis nigromantes de Barnabás. Aquellos sacerdotes que le sirvieron en la No-Muerte antes de recluirse en su última morada.
Debía dar con ellos y la oscuridad y las sombras camparían por todas las Otras Tierras.

Cuando el anciano nigromante Kontem vio entrar a su amo vampiro Barnabás en aquel castillo que con tanta dedicación y muerte había construido, comprendió que mucho debía llover para que las puertas negras, fabricadas con madera de ataúd de los reyes raciales, volvieran a abrirse de nuevo. Cogió su báculo, arrugado de árbol de cementerio y partió a las montañas. Donde nadie jamás lo encontrara y desde dicho enclave, esperar a la venida de un nuevo señor vampiro que recuperara la gloria de Barnabás.

Y allí vio pasar los años y con estos los siglos. Se alojó en una vieja torre de vigía que antaño sirvió a los imperios de los Tres Reyes y que había sido abandonada tiempo ha, cuando los pasos entre montañas y los viejos caminos dejaron de transitarse y se volvieron inhóspitos y ladinos. Allí en aquel desfiladero, la mano de los primeros hombres de las Otras Tierras habían abierto un paso estrecho acotado por dos grandes paredes de tierra viva que seguían hasta donde se perdía la vista y, en medio del mismo la pequeña atalaya, el hogar del ermitaño.
Con el paso del tiempo Kontem se volvió más huraño, esperando todas las noches señales del nuevo señor vampiro que vendría para imponer la noche eterna. El nigromante, había sido uno de los Seis, el consejo de Barnabás, y en otras épocas con un solo chasquido de su mano había reavivado ejércitos de la podredumbre de la batalla y resucitado cementerios a su paso pero ahora, la magia era tan vieja como él y costaba que funcionara.
Cada noche subía al último piso, donde la atalaya solo estaba cubierta de estrellas y cada noche las escrutó, agarrando fuertemente su báculo de árbol de cementerio y, después de varios siglos, el báculo le habló y la luna se tornó de sangre, susurrándole ambos, un ritual arcano para purificar su alma y mostrándole el destino del futuro inmediato, su destino.
Le hablaron de una lucha de poderes, del Caos y la Muerte, de dos ejércitos que lo buscarían y así fue. Kontem estaba preparado para su muerte.
Semanas después, sobre el paso estrecho, se encontraron ambos ejércitos. Uno avanzaba por la parte norte del camino y el otro desde el encantado sur. Nathaniel en persona había encabezado la expedición y cuando vio la atalaya tan cerca suya y al magno ejercito del caos que traía con él a una quimera, se transformó en sombra, en un vapor negro que congeló y marchitó todo lo que traspasaba y de esa guisa ascendió por la atalaya para colarse en la estancia de Kontem, el anciano nigromante.
El viejo observó con una sonrisa cadavérica e hirsuta como aquella niebla del color de los crespones de los ataúdes se tornaba un ser antropomorfo y elegante que se acercó a él de manera grácil con movimientos de ensueño. Era el nuevo señor de la muerte, el vampiro que abría las puertas del castillo de Barnabás; el que traería la noche eterna.

-Buenas noches Kontem; Soy Nathaniel, vengo allende los mares. He cruzado océanos de tiempo y portales infernales para llegar a ti. Los susurros de la puerta del castillo, de las almas que contiene, me hablaron de antiguas batallas y de oscuros nigromantes; me hablaron de ti.

-Mi viejo báculo me preparó para este día- respiraba torpemente y la sangre afloraba tras la túnica- la luna del caos exigía su tributo. Mi nuevo señor exigiría…

-Tu alma- acabó el vampiro.- La guerra ha comenzado allí abajo. Bien sabes que me gustaría salir de esta torre contigo por tu propio pie pero, nada tenemos que hacer contra el ejército que ahora manda a su hordas. Nuestra magia es fuerte pero su espada poderosa. Aun tenemos mucho camino por recorrer y esta batalla no será la nuestra.

Mientras arriba hablaban bajo la torre el ejército de no muertos con su aterrador sagrario mortis cubría de magia todo el paso estrecho y del otro lado los impenetrables escudos del Señor sin Nombre y el crujir de las armaduras avanzaban rápidamente hacia la torre. Del grueso del caos una gran unidad resurgió apartando las filas a su paso y supieron los señores vampiros que a pesar de estar destrozando todo guerrero que llegaba hasta ellos con eso no podrían, solo serian capaces de darle unos minutos más a su amo allá en la torre. Los elegidos del caos mientras tanto avanzaban.

-Hice el ritual-Kontem había perdido mucha sangre; su cuerpo había sido lienzo y una vieja daga la pluma. Sobre él un gran hechizo escritoen su piel. No quedó ningún rincón por escribir, y la sangre se derramó- Ahora haz lo que debas.

-Volverás a la vida. Lo prometo anciano-. Esas fueron las última palabras que Nathaniel le dirigió a Kontem antes de que este muriera.

El vampiro sacó una vasija de cristal de la antigua Nekkehara y en ella recogió toda la sangre derramada, la sangre que era el alma del hechicero. Y mientras lo hacía las puertas se abrieron. Los elegidos habían llegado.
El conde vampiro con un solo gesto hizo aparecer de la nada a los antiguos vigías de la torre; pesados esqueletos que frenaron el paso de los guerreros del caos mientras Nathaniel escapaba en forma de niebla con la vasija y en alma de Kontem dentro.

Los elegidos del señor sin nombre guardaron la torre, sabían cual era su misión y a pesar de que algunos cayeron presa del gran ataque no muerto, cuando las hordas del caos barrieron a todo esqueleto en pie sobre el campo de batalla, aún seguían en la torre.
El Señor sin Nombre subió las escaleras con total tranquilidad para ver el cadáver del nigromante protegido por sus guerreros. La ira se apoderó de sus sentimientos y esa noche solo salió de la atalaya el propio señor del caos con el cadáver de Kontem en sus brazos. Los elegidos yacerían por el resto de sus días desmembrados en aquella torre, aguardando a los cuervos y demás animales de carroña.

El tributo de la luna del caos era aquel cuerpo, y el caos recibió el parco pago a pesar de haber ganado la batalla. A cambio las arcas de la guerra de los señores de Khorne volvieron a bullir del oro confiscado.

-¡Sangre para el Dios de la Sangre! ¡Cráneos para el trono de Cráneos!- Gritó al unísono todo el ejército del Señor sin Nombre al verlo alzar el cuerpo de Kontem.
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